Hay películas que te dejan con ganas de aplaudir… y hay otras que te dejan pensando si todo lo que viste valió la pena. Kokuho hace las dos cosas. Y eso no siempre es cómodo.
En apariencia, la película arranca como muchas historias de formación: un niño con un pasado complicado entra a un mundo rígido, encuentra un rival, crece, se obsesiona, mejora. Todo parece ir hacia ese lugar conocido donde el esfuerzo eventualmente se convierte en triunfo. Uno podría pensar en Whiplash, incluso en Black Swan: esa narrativa donde el sufrimiento tiene sentido porque conduce a algo.
Pero Kokuho hace algo mucho más incómodo. Toma esa estructura… y la vacía. Aquí el éxito no resuelve, no sana, no redime. Llega, sí, pero no trae nada consigo. Y eso cambia completamente la lectura: esto no es una historia de superación, es una tragedia con muy buena técnica.
El corazón de la película está en la relación entre Kikuo y Shunsuke, que en otro tipo de historia sería simplemente una rivalidad clásica. Pero aquí no es solo talento contra esfuerzo. Es alguien que viene de fuera contra alguien que nació dentro del sistema. Es mérito contra estructura. Y la película no tiene problema en dejar claro algo bastante incómodo: el sistema no es justo, solo es funcional. Premia a quien sobrevive, no necesariamente a quien lo merece.
Por eso el accidente de Shunsuke pega tan duro. No solo por lo que le pasa a él, sino por lo que representa: en este mundo, si tu cuerpo deja de servir, el sistema te deja atrás sin mucho drama. Y la película no lo subraya con música triste ni discursos largos. Simplemente lo deja ahí, como una verdad incómoda.
Y luego está el kabuki. Porque Kokuho podría haber usado este mundo como un fondo exótico, como hacen muchas películas cuando se acercan a tradiciones que no entienden del todo. Pero no. Aquí el kabuki es el lenguaje de la película. No interrumpe la historia: es la historia. El maquillaje, que además le valió nominaciones importantes, no es decorativo; es identidad, es máscara, es una forma de borrar a la persona para que exista el artista. Y eso conecta perfecto con el tema central: ¿qué queda de ti cuando todo lo que haces es convertirte en otra cosa?
Ahora, tampoco todo es perfecto. La película se alarga, se vuelve densa, acumula tragedias como si estuviera probando hasta dónde aguanta el espectador. Y sí, también hay que decirlo: dura casi tres horas y se sienten. Hay momentos donde uno siente que está viendo no solo la vida del personaje, sino el peso completo de vivirla. Pero también hay una lectura interesante: esa sensación de exceso, de repetición, de desgaste… probablemente es el punto. No es una historia ágil porque la vida que retrata no lo es.
Al final, Kokuho no te deja con una respuesta clara. Y eso es lo más incómodo de todo. Porque no romantiza el sacrificio artístico… pero tampoco lo condena del todo. Kikuo consigue lo que quería, llega a donde quería llegar, y aun así su vida se siente fragmentada, lejana, casi vacía. No hay gran momento de catarsis, no hay recompensa emocional evidente. Solo queda la pregunta flotando.
¿Vale la pena perderlo todo por ser extraordinario?
Y peor: ¿qué pasa si lo logras… y no se siente como ganar?
Por eso, en la Cueva del Nerd esta se lleva un aplauso. No es una película fácil ni cómoda, pero justo por eso funciona: porque en lugar de darte respuestas bonitas, se atreve a dejarte con una incomodidad que se queda mucho después de que termina.
Y por cierto, gracias a los amigos de Madness Entertainment por la invitación. Kokuho se estrena el 26 de marzo en algunas salas de arte, y definitivamente es de esas películas que se disfrutan más en pantalla grande… aunque salgas con más preguntas que respuestas.

